Históricamente y a excepción de ejemplares casos, la comunidad cultural del país despreció el futbol. En los últimos pocos años saca partido de él y está bien, a no ser por la pedantería y la pretensión de siempre, que cree monopolizar el único conocimiento cabal, orgullosa quizás de robarle al vulgo uno de sus refugios.
Tenía cinco años cuando Pinillas, el simpático tío con halo de aventura que todos deben tener me llevó a un partido. Dejo para otro día la recreación de una mañana capaz de asomarse bien a mi infancia y al país urbano de la época, y me concentro en la cosita asombrada por todo: el aboroto de los ríos en camino, el exterior del gigante, la feria de colores, el inconcebible tumulto en el inconcebible túnel, el pasmoso universo vuelto sobre sí...
Un segundo tío salta a la cancha, el estruendo se pronuncia en contra a camisetas y banderas azulgrana, y en el expresivo sube y baja de ánimo es cada vez más inutil el empeño de Pinillas por azuzarme a la afiliación familiar... en el momento más importante de mi vida. Cuánto me empeñé en silencio en que el grueso del espectáculo cuya mecánica no entendía en absoluto, conservara el flujo de ola creciendo contra las señas de indentidad en las cuales yo sucumbíría sin duda alguna.
La promesa de segura salvación llegó la eternidad de noventa de minutos luego, con el estruendo entre el cual me conducía el apesumbrado tío. El bronce en la calle hecho sombra, puro brillo ahora, se jactaba: Asturias 2, Atlante 4. Con eso tenía para azotar a gusto el ceceo de mis compañeritos de escuela, por lo demás estimadísimos, en la confirmación del derecho a la azotea, a su espléndida vista y a cuanto en adelante quisiera de la realidad sin parpadeos.
Montado en mi Potro de Hierro me apropié de los diarios paseos a solas en bicicleta descubriendo la ciudad que se agotaba tras la ciudad, o en camiones al Centro de los siglos parlanchines.
Montando en él me arrimé a los barrios de campesinos convertidos en obreros y pude descansar siquiera un poco de la conciencia de ser un mal padre no importa con cuanta acuciosidad intentara lo contrario, legándolo a los hijos.
La única herencia para dejar que valía la pena y estaba a mi disposición era ésa.
¿Me paso de rosca en la viñeta? No, sólo mal cuento.
Tenía cinco años cuando Pinillas, el simpático tío con halo de aventura que todos deben tener me llevó a un partido. Dejo para otro día la recreación de una mañana capaz de asomarse bien a mi infancia y al país urbano de la época, y me concentro en la cosita asombrada por todo: el aboroto de los ríos en camino, el exterior del gigante, la feria de colores, el inconcebible tumulto en el inconcebible túnel, el pasmoso universo vuelto sobre sí...
Un segundo tío salta a la cancha, el estruendo se pronuncia en contra a camisetas y banderas azulgrana, y en el expresivo sube y baja de ánimo es cada vez más inutil el empeño de Pinillas por azuzarme a la afiliación familiar... en el momento más importante de mi vida. Cuánto me empeñé en silencio en que el grueso del espectáculo cuya mecánica no entendía en absoluto, conservara el flujo de ola creciendo contra las señas de indentidad en las cuales yo sucumbíría sin duda alguna.
La promesa de segura salvación llegó la eternidad de noventa de minutos luego, con el estruendo entre el cual me conducía el apesumbrado tío. El bronce en la calle hecho sombra, puro brillo ahora, se jactaba: Asturias 2, Atlante 4. Con eso tenía para azotar a gusto el ceceo de mis compañeritos de escuela, por lo demás estimadísimos, en la confirmación del derecho a la azotea, a su espléndida vista y a cuanto en adelante quisiera de la realidad sin parpadeos.
Montado en mi Potro de Hierro me apropié de los diarios paseos a solas en bicicleta descubriendo la ciudad que se agotaba tras la ciudad, o en camiones al Centro de los siglos parlanchines.
Montando en él me arrimé a los barrios de campesinos convertidos en obreros y pude descansar siquiera un poco de la conciencia de ser un mal padre no importa con cuanta acuciosidad intentara lo contrario, legándolo a los hijos.
La única herencia para dejar que valía la pena y estaba a mi disposición era ésa.
¿Me paso de rosca en la viñeta? No, sólo mal cuento.
