Este es un fragmento de Madres
Tú en ti, y no lo digo de hijo a madre, sino de una llana humanidad a otra: gigante. Apenas tu mejor amiga y yo, creo, aparte de papá tratando insensatamente de ingeniar un refugio contra el miedo, atestiguamos el par de noches de darle pelea a la locura. Dos noches y ya, ma, luego de cinco años de buscar con angustia por el mundo entero, sin más que cartas como recurso pues en casa no sobraba el dinero. Preguntabas dónde, al especialista y él -qué bien recuerdo su piadoso rostro en esos momentos- por no cerrarte la puerta a la esperanza buscaba a su vez, te daba nombres y direcciones, revistas para que te guiaras, y nada, no había remedio: tu niño pequeño seguiría toda la vida con aquéllas brutales conmociones que, de haber justicia en la tierra, debieron derrumbar la casa... suspendido en los nueve primeros meses de vida, cuando la enfermedad no quiso aguardar ya.
Nadie, puedo apostarlo, fue más amado -en la misma dimensión sí, pues hay muchas gigantes, pero no por encima- que esa primorosa criatura, antes del par de noches aquéllas y después, al resolverte a imponérselo tal cual era hasta Dios mismo -de existir, de ese modo entonces, representación de la crueldad y el cinismo, aunque más bien creo que La luz o Con nombres y apellidos-.
Esa era tu cuarta criatura, mejor aun que las otras tres: humanidad pura, renaciendo cada día. Y de qué manera lo lograste, ma.
No había quien entrara en casa sin dirigirse de inmediato a él, nuestro divino -ay, qué cosas digo- Verbo. No era por piedad sino porque iluminado por tu sabiduría podíamos verlo, resplandor sin tacha, sin desvios, sin segundo perdido.
Si te digo, ma, que mi mayor carga es el fracaso en aprender lo que nos revelaban sus ojos, la extravagante gesticulación de sus manos y brazos, la bella, fantástica sonrisa en la boca sin resorte ni temores ni buenas costumbres... y el estremecerse, una, dos, tres o más veces por día, ni un pelo menos que los presos en tortura, ni un pelo menos.
Sólo él y sus iguales saben de condenas... y de alegría, luz, viento, cantos, truenos, palpitaciones internas de los seres y las cosas. Sólo él, y sus iguales, los supremos.
Y tu soportándolo con el cuerpo pequeñito, ma, a la manera de vaya uno a saber cuántas más en la historia. Cómo es posible que haya imbéciles que no lo vean y aplaudan a cambio la absoluta intrascendencia de una carrera política. Ahí está tu parque, Pura, desmesurado para la ciudad, que te oculta (http://www.vivirasturias.com/asturias/oviedo/parque-de-purificacion-tomas/ese-de-purificacion-tomas/es). Hacen por perderte de todas las maneras: tras tu padre, tu marido, la República, la transición... A ti y a él, a nuestro niño portento, ma, que los diarios registran como muerto al hablar de ti y los tuyos -no contengo la cólera, hermana, por la estúpida biografía que te hicieron (http://www.buscalibros.cl/libro.php?libro=2119811) en la cual resultaste, hazme favor, Rosa perdurable, sin vida propia alguna, mera hija y esposa.
Qué miseria y qué torpe ceguera pues de airear lo que entre tú y él componían... Otro gallo cantaría a la humanidad si por ese lado nos diera.