Friday, July 8, 2011

Franys, título provisionalísimo

Lo despierta la pesadilla de siempre, con los síntomas de siempre: la camiseta empapada, la incapacidad de ubicar el lugar, una suerte de silencio de lija que ocupa el mundo. Ni un solo músculo fuera de lugar. El cuerpo sigue en la posición acostumbrada sobre la cama y los ojos abiertos, debiendo hablar como loros, callan. En ellos fue que se descubrió la noche aquélla apenas entrar al baño del cuartel.
Hora de levantarse, pues, hacer la docena de pasos en la entre sombra a la taza del escusado, con la pregunta de si un piso encima Ezequiel está o sigue de viaje, no porque le interese o lo admita al menos, sino como parte de la rutina que ahora lo conduce a la sala.
Sacar del letargo a la computadora espiando con el rabillo del ojo el patio de la privada por la ventana abierta. El vivificador frío del piso, los cincuenta correctos ejercicios sobre él y las ideas que empiezan a ordenarse, puntillosamente según es costumbre en él. En la pantalla del aparato:
“La gente canta, bebe, mata corderos, se atropella para contemplar los estandartes, los yelmos y las cotas de mayas” en rajas, las ya gruesas, pardas costras en que los borbotones, los hilillos, los generosos, lentos derramarse son imaginación sólo a quienes de ellos saben. “O para ver decapitar a un prisionero pobre –por los ricos se pide un rescate-.”
De este lado el camino al patio donde las barras paralelas completarán la tarea de hacer de Balbino el que debe. Ni una mirada al trozo de cielo arriba. El alardeo del gallo vecino, constancia de la monotonía, suya y no de nada ni nadie más, es conciente el hombre cuyos oídos siguen espiando los cuatro rumbos por un instinto más allá del que sus deudas justifican. Una vez echadas a andar las cosas no paran jamás, aprendió mucho antes de haberse decido a producirlas.
El accidente hace del silencio plomo en la súbita ausencia de los autos a cuentagotas rumbo al sueño o saliendo de él, precipita al gallo a punto de la locura por ello y él espanta a un tiempo la tentación de llamarlo cobarde y apiadarse, y se apesadumbra.