Partir. De eso se trata siempre. En uno de los agujeros de nuestro país de misterios o en el de vuelta al principio. Si hay modo, con otro niño de la mano. Estar, estar, y no haber sido en donde se anduvo: el lugar "lleno de ruido".
Quisiera recrear aquí mi casa: la de tabique y cemento, con su sola ventana al fondo de la privada, y la de quien apenas pudo andar corrió de papá y mamá a la azotea de la cual no saldría nunca, y miraba y en sueños iba a la calle, a hacer la vida.
Hace mucho y sin falta, a la primera pregunta de quienes llaman por teléfono contesto:
-Ya sabes, duro on the road de la recámara a la sala.
Detrás de la broma el viaje para encontrar la batalla de todos y todas por la vida cotidiana clavando tumbas en cada uno y una -legítima preocupación por el género.
Partir, hoy.
-¿Vamos?
-Sí, abuelo.
No sé si soy el que pregunta o el que responde.
Un, dos, tres por mí y todos mis compañeros. Millones que demudados, andrajosos vamos por ahí pidiendo cinco minutos de reconocimiento por vivir y ya... ni más ni menos.
El idiota
Mamá venía de lejos y guardaba con celo el dolor que ello le producía. No se daba cuenta que la mujer de los elotes en la esquina había hecho un trayecto tan largo como el suyo, en tiempo y alma.
Mamá era buena, hija de obreros y laboriosa militante de sueños, y aun así le pasaba de noche el país que fue con generosidad a buscarla. Le reconocía el favor, desde luego, y para animar el de los hijos a él, callaba su amor por el de ella.
La ceguera podía entenderse sin problema. A su modo había sido como la madre de Felícitas, de María, de Petra, a quienes no llamo sin eufemismos nuestras sirvientas sólo porque en casa se las respetaba casi, y nada más que casi, a la manera de asalariadas en una empresa comprensiva: creció también convencida de que el mundo era las leguas a su vista, tras las cuales la respiración se suspendería.
A la república de sombras de mamá, llamada exilio, no la transía entonces lo que a la mía, inexistente a los ojos de la mujer que desesperaba por mi comportamiento, acusándose de haber hecho mal su trabajo o haciendo responsable al destino cruel que convirtió a su familia en un detritus de la holgura, el ocio, el universo contemplado a través de un espejo sin fin.
Apenas tuve forma mis rabietas se transformaron en agrias peleas con ella, quien se esforzaba no en comprender, pues las cosas le parecían absolutamente claras, pero sí en corregir, con los pocos recursos que las circunstancias le ofrecían.
-¡Mira! -la cercaba yo.- ¿Ves cómo a la mitad la calle se desploma? ¿Y aquel hombre cuyos pasos no dejan huella, ya que calan, hacia abajo? ¿No sientes ese temblor perpetuo?, ¿nuestro nadar sobre la tierra?
Cinco minutos de la letanía bastaban para postrarla, mientras mi acoso se encendía constatando el fracaso.
-¡Ya, por Dios! -se atrevía a tronar ella, paciencia personificada.- ¡Déjame en paz! -y se encerraba bajo llave rogando a no se quién, en su sabiduría, que velara por ese pobre hijo. Inútilmente, por supuesto: no había salvación para un idiota.
La pregunta
Sin duda no es casual que siempre que busco esta viñeta se me haga la escurridiza. Con ella comienza la contemplación de un par de niños en una fotografía.
La del closet
Aquí tiro por viaje canto a la Sra, Melacolía, que está buenísima: caderas para controlar mareas, muslos de bronce y aceite, trompa gruesa que ofrece, pechos de concha de panadería con puntas respigaditas, morena toda ella por personal necesidad.
Porque en los salones que frecuento la madame con el aire de desmayo, la melena en tormenta y el elegante vestido negro gritando Cien manos acaban de trabajarme sin resistencia, luce como ninguna entre apetitos que se desbocan -no sé quién inventó la frigidez de la tristeza, pues pocas cosas reclaman tanta satisfacción sexual.
En secreto reconozco, sin embargo, que tres cuartos del día los paso del talle de Doña Felicidad. El más mínimo pretexto la saca del closet donde la buena educación le ordena estar. Y pa qué es más que la mera verdad: sobre la mesa, en el piso, al borde del lavadero, en el primer resquicio del callejón o donde quiera que la tome, sus carnes de gloria se licúan, anuncio de eternidad.
Siluetas (1)
Tengo quince años y entro al último de los cursos preuniversitarios. En el anterior desapareció el yo que pasaba el tiempo tentando las aristas de nuestro no tan pequeño mundo escolar, en el frontón, en el recoveco al fondo del campo de futbol, los baños o cualquier espacio poco frecuentado donde me aceptaban los rudos que probaban el carácter.
En su lugar se hace presente un personaje en busca de reflectores. El éxito es rotundo y allana tanto la vida que prometo ajustarme al modelo para siempre. Aun así me toma por sorpresa el montaje de miradas y risitas nerviosas dirigido a mí desde el rincón donde durante las semanas de inicio los de primero, recién llegados al edificio, se confinan en respeto a las jerarquías.
Muchos metros de gentío me separan del juego ese que, sin embargo, hecho con todas las de la ley no tiene dudas de alcanzar su objetivo. Más temprano que tarde voltearé, hasta terminar encontrando en medio del coro a una muchachita muy hermosa.
La celestina tiene clase y gran parte de culpa en la elección hecha por su ama. Sólo merced a su tolerancia hacia las torpezas con que respondo al juego, paso la prueba para encontrarme no frente a frente a la belleza esa, sino a la manera que se debe: semiescondida entre el aleteo de las súbditas.
En verdad puedo morir en el momento: se me abren las puertas a una princesa de estilo clásico. Llega a la edad de enamorarse a la manera de la gente de bien, pensando que ahí está el único hombre permitido mientras viva, con el cual compartir un idílico romance y luego un bien provisto hogar. O a entretenerse con ello, siquiera, según bien sabe su padre, quien no se sorprende al verme por primera vez y atinar: el muchachito descansa en nada pero es inocuo y el tiempo hará su obra, con una pequeña ayuda, si se precisa.
Yo ni sé ni me entretengo. La vida ha sido muchas cosas y entre otras, dolor, que no merece tratarse al paso. No decido si asomarme a través de él o alejármele a toda velocidad. Las vacaciones entre cursos antes de sacar partido de las luminarias, ha sido una mañana tras otra de espanto ante el espejo. Algo terriblemente oscuro aparecía en el rostro aquel, deformándolo. Por eso me agarro ahora a las miradas de los demás como a una droga, y la oferta de la princesita es la promesa de que todo andará bien de ahí hasta el fin.
Andará bien entre el desastre general. La frase suena gorda pero me parece justa y el título de la historia viene de ahí. Cuando mucho después descubra a un célebre director de cine, entenderé su obsesión por la música popular de estos tiempos, nacida en su país por primera vez para los jóvenes. En la pobrísima modalidad nuestra hay un matiz nada despreciable. Fuera de la docena de tonadas hechas en casa, al traducirlas las melosas letras resultan perfectas tonterías.
Aunque el premio mayor se disputa seriamente, creo que Siluetas lleva la delantera. La voz de uno de los invariables remedos de cantantes dice debatirse entre y la vida y la muerte, al descubrir tras una ventana las sombras de una amartelada pareja en la que un ridículo coro denuncia la traición. El tipo repite la historia para terminar descubriendo, ni más ni menos, que equivocó la dirección del amor de sus amores. No importa sin embargo el despropósito, pues la quejumbrosa melodía y las apasionadas palabras sueltas dan de sobra para que los escuchas pongamos el sobrante, salido de nuestras entrañas que buscan con desesperación caricias y delirios imposibles de cumplir.
Al menos entre las crecientemente gruesas clases medias, sólo las más suicidas jovencitas se atreven a prestar otra cosa que manos, bocas entrecerradas e insinuaciones de pechos o muslos. Suicidas, he dicho, y de nuevo parece un exceso y no lo es.
A mis ojos nadie lo ejemplifica mejor que la hija de la peluquera del barrio, porque la topo al paso, de cuando en cuando. Una mañana veo a quien fue una niñita disfrutar mi sonrojo exhibiendo, antes que un par de espléndidos pechos, una sonrisa de reto e invitación. Meses después el vecindario masculino pulula por la esquina a la cual se abre el salón de belleza, desde donde la madre de ella se asoma con un matamoscas. Al poco creo que la mujer se salió con la suya, sólo para descubrirla a punto del infarto por el fracaso en deshacerse del Rey, cuya presencia basta para alejar a la competencia. La señora da inútiles voces, la pareja se cansa de escucharla y se aleja abrazada por la cintura. Pasará un año para ver a la joven con un bulto en el vientre, todavía envalentonada, y otro para que sus alardeos se vuelvan triste mansedumbre, sentada en el escalón del negocio con la criatura y vagos vestigios de sus encantos de cometa.
Mientras, nuestras baladitas languidecen, suspiros, chorritos de miel de maple, y a miles las nudilleras, las botas, las cadenas, los bates y una que otra pistola se disputan lo mismo una fiesta que una mirada.
Dos
Digo cualquier cosa sabiendo que quien te cuenta son los ojos y las inflexiones en la voz, y al voltear con la sonrisa casi me olvidas, atrapado por lo que tardo un par de largos segundos en sospechar es una luz sobre el filo de la cortina. Lo creo porque te he visto antes encandilarte con ella como si fuera la primera vez, y la sé para mí perdida según debiera, a menos de hacer el enorme esfuerzo de otros días. Gracias a él descubrí, por ejemplo, el justo vaivén de la rama al borde de la ventana, sin traducción al menos para mí que estuve dale y dale en el intento de hacerlo palabras.
No puedo con tu mundo, hermano, me rebasa, me apabulla, me pierde en el desorden aparente donde tú por necesidad encuentras armonía. Desde el baño mamá pide que la ayude a bajarte por la rampa, le contesto que puedo solo, me recuerda cuánto has crecido. ¿Ves? Todo eso está en el juego de voces entre los dos. ¿Algo intuyes viniendo de lo que no atino si te vale llamar "ayer"? Algo, sí, me parece. Más lo olvidas en un tris. Qué caso tiene, dirás, en un decir.
Marchante
-¿A cuánto? -preguntó señalando el montoncito sobre mi manta en el suelo.
-Millón -contesté.
-¡Perdón! No, no quiero comprarle la producción de aquí hasta que se muera. Si ni a una docena llega.
No tuvo respuesta, sólo mi rostro de hambre mirando hacía él, que se conmovió.
-¿Cuánto por todo?
-¿Por todo? No puedo, patrón.
-No me salga como la india con su kilo de limones.
Por primera vez entendí a la mujer del cuento.
-Sí le salgo, señor, perdón. ¿No ve qué es lo único que tengo? Si se lleva todo ¿qué hago mañana? Viene el inspector y me corre.
-¿Y luego?
-Que no sé hacer otra cosa, marchante.
-¿Qué?, ¿estar aquí de ofrecido? Pues de qué come, pobre hombre.
-De la voz que regatea. Soy el puro regateo, ¿ve? ¡Pásele, joven!
Ah, qué mi circunstancia (o Memorable día)
Cualquiera con dos dedos de frente y con una mínima idea sobre la juventud en Occidente, sabría lo que en enero de 1968 se aproximaba en el país. Yo ni en cuenta esa genial mañana.
Según todo menos la realidad indicaba, estábamos a sólo un curso de diez meses para mi título de economista. En uso del momento de felicidad que le correspondía cada par de años, el día anterior mi padre entró en casa ululando la noticia:
-Hijo mío, te aseguré una beca de maestría en el London Economics.
Criminal don Rafael, no midió los factibles, mortales efectos de sus palabras en plena comida. El trozo de milanesa pasó apenas sin tránsito del tenedor al gañote y no quedé allí sólo porque Utopía, la diosa familiar, me tenía en gran estima.
Con licencia así para quitarse de encima la abominable parquedad del ama de casa a la cual la condenó el exilio, mamá saltó sobre la mesa y a taconazos por bulerías arruinó de paso la sopa y el guiso por cuya pobre factura el rey de la casa sin duda, a la manera de todos los días, la fustigaría.
Tarde y noche en vela pasé en los cafetines de costumbre, endureciendo la piel que recibiría el castigo, y esta mañana estaba preparado para el literal Calvario, pues había de parecer producto de la farisea incomprensión.
"Más tranquilo que una mujer que miente", según una de las mil extraordinarias imágenes de Aimé Cesaire, ante el coro familiar en pleno solté:
-Me perdonarán, pero hasta aquí llega la farsa. La vocación de escritor me impide continuar con la vileza del académico estudio.
De conocer entonces el Oh, my Gog, lo habría recitado sin parar mientras la gruesa mentira salía por la boca, en ocultamiento de cuatro años de vividor profesional, que juntos no reunían la media docena de boletas no ya de aprobado sino de simple certificación de asistencia. Y continuaría la letanía recordando adonde fueron a dar las colegiaturas por mi inexistente título en inglés avanzado, con la mirada de martir puesta en mi padre y el humo del incendio que inopiadamente se esforzaba el controlar.
-Pero, Jorgin -repetía una y otra vez mi ma incapaz de salir del pasmo por lo demás absurdo, pues desde 1964 Jorgin no llegaba jamás antes de las tres de la mañana ni abría un libro de la carrera, debido a una sencilla razón: nada semejante había en casa, que muy para mejores cosas estaban los dineros a ellos destinados. -Si te falta ya nada -se decidía a agregar conmovedora y convenientemente ingenua. -Si en teniendo el diploma... -y aquí trastabilleaba recordando la oferta del día anterior- te dedicas a lo que quieras.
Más la asombró la reacción de mi padre: sepulcral silencio. En mi par de hermanos mayores los ojos no paraban de girar en sus órbitas y yo sentía descender de los cielos una paz de la que ni memoria quedaba.
Esa misma tarde don Rafa apareció con un escritorio en regla, dos estupendas colecciones de clásicos, una máquina de escribir recién desempacada y papel en abundancia.
Fue ahí cuando el susto se hizo de veras susto y congelome. De escritor tenía yo todavía menos que de universitario
Cumplido
Podría morir esta mañana. Y no porque el momento sea perfecto, que casi siempre hay modo, cuando como a uno el hambre no patea.
Podría morir pues lo que vine a hacer está hecho, eso lo sabe bien Teresa Panza, y me miro al espejo y digo Te quiero, amigo, y para mendo no hay en ello poca cosa. ¿Sí?
Lo que me faltaba
Qué difícil estar aquí. Siempre lo supe, le digo a la que siempre me acompaña.
¿Con qué cara pararse frente a los hijos y Perdón, habría querido... aún no entiendo cómo salieron del brete, si este panadero ni siquiera podía agarrar la masa?
Debieron correrme de todos lados. Me habría cansado pronto de tocar puertas para pedir un taco. Y más, en resistir la lluvia y el frío.
A final de cuentas eso soy: un rascamapache, como dice Leopoldo que por sus rumbos llaman a los teporochos. Uno de lujo, a quien en lugar de aventarle una moneda para su vicio, le pasan un cheque mensual, y en vez de patadas recibe amorosos golpes en la espalda. Hasta sus gracias lo animan a hacer y le aplauden luego.
Ay, amiga. ¿Te encariñaste conmigo a fuerza de ir a mi lado? Sonríes. Vamos sincerándonos: ¿no es que te gustó esto? Ahora pareces una niña, una muy pilla. Anda, acompáñame a comprar cigarros. Te cae simpático el gorrión colorado ese, ¿verdad?
Lo que me faltaba: sacar a pasear a mi muerte y cuidar que no la atropellen en el cruce.
Cómo reverdecen las jacarandas, tienes razón. Sí, la simpatica chamaquita de carrillos de globo, el pobre sauce que no termina de entender que su plácida calle se convirtiera en eje vial, el cristal del otoño recodando los buenos tiempos, el delirio de vida de la esquina, la conmovedora, dulce, gastada pareja sesentona de la tienda, el avión...
Hace días murió una amiga. Fue tras largos, ejemplares años de estar a punto y revolverse a punta de contagiosos bailes, besos, carcajadas. Hace un par, otro sabe que no queda mucho y, de antiguo enloquecedoramente prolífico, se da lleno a la insanidad y no para de repartir reuniones, charlas y páginas.
Es cierto, siempre hay algo que hacer, siempre algo porque retrasar la marcha.
Uno de cada dos días hago el rito para salir a la calle ocultando la presencia de mi amiga. Algunas lo consigo. Las demás, hasta el rey del optimismismo se entera. Hoy me da igual si la cuadra entera sale para mirar.
La conocí en la panza de mamá, por mucho que ella se esforzara. Cantaba la mujer, creyendo acunarme entre castaños, sin darse cuenta cuánto mejor se filtraba el aleteo en la melancolía interminable de su voz.
Qué terriblemente seca eras, compañera, helabas la sangre. Cuántas infernales tardes y noches me diste. Tantas, que terminaste por encontrarle el sabor a la acera contraria. Ahora va a costar un trabajo enorme convencerte de cumplir la tarea. ¿O se volvió mía?
Menudo espectáculo: el tipo que sirve de sombra a su ama y llegado el momento tendrá que llevársela con él a empujones. Imagino el ridículo show final: ella tirando patadas, escupiéndome, un improperio tras otro, y yo jalándola.
El auténtico cumplir personal se vino al suelo hace mucho. Fue en el:
Adios
Es el verano de 1975 y me declaro vencido. Se debe a muchas cosas y no sólo a la corte de diablos de los que habla Nabor, el Sabio Analfabeta, presidida por ese mayor que permanentemente amenaza partir la tierra en dos para tragarnos.
No volveré al Santo Lugar. Dejo así a los hombres que más amo: mi compadre, mi “comadre”, los zacatecanos… Se quedan también los pericos, las mujeres de rebozo o suertecito gastado, el lodo, el cadáver en espera de resucitar y la buena época que llegará pronto. Nunca me repondre de ello.
Casi Memphis, Tennessee (1)
Juan y Filiberto son los dos hombres que siento más cercanos, aunque al segundo lleve treinta y tantos años sin verlo y al primero lo encuentre muy de tarde en tarde. No hay nada de extrañó, creo, en que los dos tengan una íntima relación con el catolicismo y yo venga de una familia de comecuras que jamás menció en voz alta al Señor.
Del tiempo del cual hablo nos azotaban las mismas tormentas y si ellos no buscaban un alero donde protegerse, por las goteras del mío caían auténticos ríos. Se entendía, por ejemplo, que Filiberto y yo hiciéramos de gemelos, él cerca de las oficinas de un sindicato en el único barrio rudo de una ciudad del interior, y yo en un departamento de clase media de la gran capital. Uno exilado contemplando la tierra natal por la ventana. El otro extraviándose entre sí en medio de la nada.
Esta es una historia de viajes y si empiezo por aquí es que los tres en cuestión habíamos probado mucho de eso: de viajes internos y externos, momentos de un sólo suceso. Para Juan y para mí en los años anteriores a aquellos de la ventana, autobuses, unos cuantos trenes y caminos a pié, igual si duraban dos días que veinte minutos, nos condujeron a un paseo por las estrellas, de todo tan desconocido. Él se cuidaba de hablar de ello, para completar la impresión de que estar a su lado era mirar un espejo donde el mundo y uno se descubrían al borde de inesperados e inimaginables precipicios.
La primera vez que fue al extranjero lo acompañé. La emocionada forma con la cual aguardaba el despegue del avión, que tampoco conocía, la tradujo en un comentario:
-¡No tienen vergüenza! Uno esperando años para vivir la experiencia y ponen música de dentista.
Yo vacilaba entre lo aprendido y mi natural estupidez, y sólo gracias a él recordé que el mundo no dejaría nunca de ser ancho y ajeno, y que nada había tan falso como la moderna pretensión de andar largas distancias con familiaridad, cruzando pueblos, paisajes y humanidades profundamente distintos a los propios, sin acostumbrar los sentidos y la razón con la extraordinaria calma requerida, de modo que se marchaba sobre la nada, en una suerte de sueño.
Durante el viaje aquel al extranjero Juan era tan a la vista un hombre arrancado de casa, que quienes lo topaban se sentían incómodos y con frecuencia lo despreciaban, ni más ni menos que a un poblador del más primitivo, recóndito lugar. Algo semejante pasaba conmigo y con la absoluta mayoría de los viajeros que cruzábamos, sin embargo los otros nos esforzábamos por presentarnos como cosmopolitas, esa especie que cuando lo es en verdad encarna una extravagancia cercana a la de los extraterrestres: condenados, bíblicos, errantes vagabundos.
Expuestos al continuo, amenazador asombro, la conciencia de la soledad no hallaba reposo sino entre nosotros. Tanto daba entonces pasear por los puntos turísticos de una ciudad, que por sus espinosos rincones, y así una y otra vez topábamos con calles que un vacacionista o un agente viajero no habría visto jamás, en situaciones de las cuales salíamos con suerte justo por nuestra patente, humilde extranjería, que a su vez tomaba por sorpresa a los lugareños, por ello a ratos amables, interesados en el país del que veníamos, cuyo exotismo acostumbrábamos recrear para su beneplácito.
Habíamos descubierto este recurso en una pequeña ciudad metalúrgica digna de una película del cine romántico, donde a las preguntas de un muchacho de diez años convertimos a nuestro país en edificios curvados, campos grisáceos y cielos rojos, cuya existencia él se apuro a compartir con los escépticos amigos.
Por eso en aquél primer viaje no fue del todo un despropósito, por ejemplo, que en el tren a la entrada de la más cosmopolita ciudad del mundo nos diéramos ánimo con una pistola de plástico, regalo de un detergente y de tronido apenas concebible, para enfrentar a la punta asaltantes y asesinos que infestarían el lugar. Cada poco discutíamos luego quién debía portar el arma, a la mano lo mismo en un barrio musulmán que en una céntrica cafetería, pues el mesero representaba no menos peligro que los hoscos rostros a la vuelta de la esquina, y era, por supuesto, mucho más intolerante, metido en el traje de engaños por el cual durante una horas al día podía negar el pequeño, ruinoso departamento esperándolo al final de la jornada.
A los pocos días di el paso inicial en mi primera crisis adulta, no pude salir del cuarto del hotel y nos marchamos para que buscara refugio. Al separarnos en un puerto de un tercer país, viendo a Juan alejarse por el muelle con un libro de poemas, supe que la mejor parte del viaje le estaba por venir, ahora sin la obligación de decir palabra sobre la realidad que se le escapaba y no revelaría sino lo poco que permitieran años de madurar dentro de él.
Para el paseo que quiero contar aquí, la cuestión apareció de una distinta manera. La otra ciudad cosmopolita, punto de arranque de la ruta que curiosas fantasías me llevaron a plantearle, lo inquietaba particularmente, y para tranquilizarlo le aseguré que sí éramos capaces de sobrellevar la nuestra, cualquier cosa en la visitada resultaría pan comido.
Calzada
De joven deje creer a los amigos que en cualquier momento me presentaría con una novela. Un día fui puerta por puerta deshaciendo el enredo. Era tarde y corrió la especie de que la autocrítica me devoraba y a la basura o a cajones bajo llave iban a dar espléndidas o prometedoras cuartillas. Ni asomos de eso existía.
Pruebas de cariño se empeñaron luego en llevarme a las editoriales y aparecieron media docena de libros, todos en mayor o menor medida sin pies ni cabeza. Había un porción de buenas cosas allí, como en las roscas de reyes del pan de cada día donde colaba la vocación de cronista, de modo que las patronales se encontraban de súbito mordiendo al santo niño y cargaban a paraguazos contra mí persona.
Al reunirse la pedacería tenía cierto correspondencia y eso bastaba a los verdaderos oficios que declaro a la entrada del cuaderno.
En casa iba creciendo de a pocos lo que al decir de Juan no pretendía narrar sino entender. Lo hacía gracias a la prodigiosa facultad de las palabras. Persiguiéndose unas a otras sin un continente yo capaz de apresarlas, revelaban el mundo a mi alrededor. Hoy éstas y aquéllas gritan por un lugar a propósito, no importa si las atestiguan o las tiran a locas. Volteo a los cuatro rumbos sin atinar el cómo.
Cinco cuadernos de aire, digo, y vaya a saber si han de ser tres o seis ni las vías de su diálogo para formar un todo.
Paciencia y nos amanecemos, nos consuelo a la manera de un padre a los hijos en medio del desierto sin camello ni gasolina.
Juan contempla el espectáculo y echa lazos. Le tiene sin cuidado si el asunto termina con pastas y lomo, a menos que sirva al amigo para no correr más del hambre. Lo que vale es el paseo por la Calzada de los Misterios, de Reforma a La Villa.
Oficio
Cuando preguntan por mi oficio siento la tentación de responder con una lista. De atreverme la defendería de las risas probando que el cultivo convierte en eso a llanos actos o estados: andar por ahí a la manera de los más, cojeando; mirar hacia fuera y hacia adentro, por obligación antes que por voluntad, sin mayor aprendizaje pues lo hago perdiéndome en lo mirado. Y así.
Al final y sólo al final diría algo relacionado con lo que permite ir super, a pesar de cuánto estimo el trabajo.
Esther
Esther vive a la vuelta de mi casa a solas con tres hijos. Media los treinta años y dejó al único hombre de su vida cuando no pudo más, y eso es mucho decir pues soportó todo.
Lo soporto por un amor sin límites y luego por el llano miedo al que la vida le dio la razón apenas decidió dejar atrás el pasado.
No tengo mejor amiga desde el ofrecimiento de poner en orden mi departamentito de tanto en tanto. Fue el único trabajo a su disposición al venir a la ciudad apenas se le insinuaron los pechos.
Tras la decisión aquélla, el literal primer refugio contra la tormenta lo encontró en mi decoroso espacio anexo en la azotea de la privada, donde jamás hubo nada parecido a un cuarto de servicio. Allí, entre los niños, nuestra amistad hizo a un lado las trabas.
Hablé ya del martirio de sus días, que vuelve chiste mis penas. A pesar del abismo, nuestras vidas corren paralelas.
Cuando mi cotidianeidad llora en estos cuadernos, lleva en mente a Esther y a través de ella al barrio, cuyas intimidades de dos décadas me descubre.
Las pequeñas desgracias mías, pues, hablan del alrededor.
Túneles
Subiendo la escalera metalíca, que no sé si anuncia el desprecio a cuanto puede o debe quedar en secreto o es la delación de la parquedad de los recursos familiares, el canto de Felícitas descubre un cielo distinto al que mis ojos a un tiempo revelan y construyen en los ocho años a partir de mi nacimiento.
Las manos de ella se empeñan ágiles y sin pesares contra la piedra del lavadero y el correr del agua llena el mundo de amabilidades, sugerencias, aromas que toman de cuanto su vuelo toca. En la misma tarea, cuando la veo, mamá, cantando también, no despierta a la azotea: cava en el aire sordo, vuelto sobre sí.
Una y otra desdirían la vista de la ciudad desde el pretil, si no fuera porque los siete metros de altura dan al traste con la perspectiva levantada para contemplarse a ras de piso, exhibiendo las intimidades de los tendederos y los patios vecinos y las calles tras el muro de respetabilidad de la avenida que marca el final del aún reluciente fraccionamiento de clase media.
Fecílitas, misterio puro, no importa cuánto nos amigamos: por la pródiga trenza azabache y el caminar campesino hablando como loro de lo que no hay modo de asir, pues hasta a la imaginación se resiste.
Todo en los días de niño está así atravesado de túneles y precipicios ante cuya cuya vista me detiene algo que no es la voluntad.
- 0 -
A viñetas cuanto escribo. Pura impresión soy y no hay minuto del cual salga sin cabos de cuerdas que no sé dónde atar.
En pedazos vuela el mundo apenas lo toco y llueve luego dejando alrededor un campo de batalla en abandono. Entre el lodo un trozo de nube reta al entendimiento. Le dedico la más amable de las sonrisas y echo andar incapaz de un grito o una pregunta.
Recuerdo entonces la estampa que recoge un escritor aterido no de frío sino por las calles de Barcelona en 1938: una mujer recoge el cuerpo de la hija y entre los escombros busca con desesperación la cabeza para negar los diez minutos atrás y unirla.
Quitado el dolor que fulmina, soy ella repitiéndose cada día.
Padre
Del paraíso a la casa del vecino, por todos los reinos, el trono del padre. Sólo con su muerte puede esperarse algo decente.
Vaya a saber cuánto a pesar suyo, el mío se ajustaba con rigor al modelo. No hubo manera de bien quererlo hasta que a solas le destruí el personaje.
Nuestra última charla tuvo un único sujeto, porque no estaba ya en condiciones de escucharme. Le prometí entonces reivindicarlo tal como era y no como parecía ser. Fue un arrebato de melodrama televisivo y no del todo falso. De hombre a hombre para ese momento hacía rato lo había encontrado.
Volver a los 17
Escribo la mañana antes de despedirme de don Ramón, a quien recién conozco con sus casi perfectos noventa y cuatro años. Cinco tenía al llegar aquí apenas pasada la Revolución, que a la famlia le transformó el destino de peones por el de ejidatarios a patadas con el Estado.
No hay día sin que escuche a Bob Dylan de ida y vuelta por la Autopista 61, deteniéndose para hacer el amor a una granjera y salir de inmediato por la ventana; experimentando la tercera guerra mundial en calles donde se diría no pasa nada, o desviándose hacia un valle en cuyo fondo se guarda la más misteriosa mujer, ante quien rendirse sin esperanza.
Mientras él anda sin parar, yo invariablemente al responder la primera obligada pregunta de los que llaman por teléfono, digo:
-¿Qué hago? Ya sabes: duro on the road de la recámara a la sala.
Eso era hasta hace una semana, cuando me ofrecieron volver a los 17… Entonces, un jueves por la tarde estoy en Villa López, Chihuahua -cinco mil habitantes-, en un patio que un pino-estatua y un álamo sombrean, columpiado por las voces de tórtolas, zanates que aquí de los graznidos pasan al gorjeo y los para mí casi míticos cenzontles. Don Ramón bebe un vaso de agua para aliviar la ronquera de hora y media sin parar hablando a mi grabadora, con sus casi perfectos 94 años que giran en torno a un ejido –dotación de tierra colectiva.
La tarde en mientes está cerca de coronar lo que empezó en Gómez, como llaman los lugareños a una de las ciudades que forman La Laguna -el altiplano seco e interminable del norte mexicano, el cielo de nuevo cielo, en una de las versiones azul pálido y nubes rasgadas. No más de un auto por minuto en ambas direcciones por la avenida principal, frente al auditorio donde mujeres de las colonias, trabajadores y trabajadoras de una docena de sindicatos, etcétera, preparan un primero de mayo especial.
Entre una y otra estación del viaje, en el autobús sin horario fijo pido al chofer me dejé en la tercera y no en la segunda gasolinera de Ciudad Jiménez sobre la carretera, como debiera, pues ahí espera Martín y su Chevrolet 1981, cuya facha queda perfectamente definida por el preció: 5 mil pesos.
Luego frente a un buen caldo de camarón en el Cangrejito Playero, tengo el honor -y no exagero ni un poco- de compartir con Juan facha Gepeto, el exlectricista y "agitador" de Chihuahua capital, y las casi cuatro décadas de fiereza del lagunero Domingo, más conocido en el rancho que el presidente municipal.
En otra parada, en el diario que les destino escribo al futuro de los nietos:
“Quisiera no estar tan cansado y no echar la siesta, que es justo el tiempo, ya que a occidente el reloj se me adelantó una hora… Quisiera, los nogales de la calzada… "
El Mero (OhMero)
El negocio comenzó sin saberlo cuando llevaba media hora hablando con el amigo y él a cuanto le proponía:
-No sale.
Al colgar, los papeles de las atestadas cajoneras preguntaron si debían prenderse fuego.
-Nada de eso -los aquieté de inmediato y por instinto, y en una valandronada haciéndole al anciano cheroquí dinos ánimo.- Llegó el mensaje: vuelve al fin la aventura.
Con un fajo de cuartillas en la mochila hice el camino al Metro. Unas cavernas de la ciudad en dirección a las otras, entrañables todas, bajé en una desconocida estación al azar. Las escaleras conducían a un andén a cielo abierto y la primera mirada fue decepcionante: estaba en uno de los lugares más conocidos de nuestro gigantón, cuando menos para quienes no se pertrechan en los reductos de la gente de bien.
El necesario paradero parecía dividir en dos el universo alrededor, inconcebible sin cada parte: a poniente el lío de puentes a no menos de ochenta kilómetros por hora con su avalancha de metálicos, gritones animales; a oriente la paz aquí sorda, allá plácida, de la colonia en improvisados parches que se montaban sobre antiguos poblados del valle sin desaparecerlos del todo.
Me senté en la rala hierba del camellón entre los pilares temblando por el peso arriba, un lánguido árbol herencia de quién sabe cuándo sirviendo de espaldar, y saqué a relucir a mis escritas comadres:
Entre el rezumo de los mirtos que el rocío se empeña en conservar, de lino y grana las ropas y la carne a las cuales se trasuda, un atormentado joven poeta para que no escape muerde con desesperación la noche de invierno y las astas de la luna, por ello más "cuernos de búfalos" sosteniendo el "cielo huerto", donde los astros florecen con "sus dorsos" de "ágatas y oro".
-Puf -dije suspendiendo la lectura. Selomo, el califato, los omeyas, para qué sirven aquí donde ni su abuela oyó hablar de ellos, ¿o no, señora que en el paradero hace sabios malabares con las bolsas a granel bajando del microbús?
La mujer volteó y se detuvo en espera de que algo de utilidad saliera del discurso que de imaginación a imaginación le recetaba. Fue ahí que vinieron los años viejos y:
-¡Alabado, alabado! -exclamé de rodillas y la mirada al cielo no del Señor sino de otros divinos portentos que moran en lo alto y en muchos lados más- -Revelación, ya la libré.
Para prueba bastaba el botón señora de las bolsas y los que con un giro de la cabeza en redondo descubrí pendientes de mi persona. Un cacho de pan les solté como entretenimiento, del Selomo, claro:
¿Cuánto habré de esperar y cuánto tiempo
ha de quemar mi saña como brasa?
¿A quién hablar, a quién dar testimonio...?
Mientras el recién adquirido auditorio tragaba de una imprecisable manera el mendrugo, en silencio hice el el rito en versión resumida para apuros:
-Niño de Piedra, padre mío; deforme hija de Aoibheal, hermana, y Gualupita madre y compañera, de sus prodigiosos dones pasen un tantito y a mano me pongo con ustedes, ¿sí?
¡No!, luego, luego vino la respuesta. Sobre los cerros a un paso con la magia de sus mocasines voló el Niño, el hada de monstruoso tamaño, los ojos sangre, chorreando lodo su manto se alzó de entre la tierra, y del primer al último tronco nacieron tallas de la Morenita.
A metro y medio del suelo mi cuerpo púsose a flotar y del paradero del Metro Constitución de 1917 me volví dueño. Chamacos, cuasi vestales en tránsito, chóferes, el rey y el tepo del barrio hicieron corro, y un cojo de la tercera edad y una taibolera en disfraz de ama de casa con un guiño se ofrecieron de patiños.
La providencia prestó un sombrero cuya presencia en el piso gritaba:
-No se hagan rosca con las monedas, que de algo ha de vivir este chango -y al ruedo ya sin más me tiré.
Ese fue mi empezar, años luz a estas alturas me parece, en la merolica obra de darle paz al alboroto de mis cajoneras y mi alma en vilo. Cruzada en regla fue y es, con abundancia de sobresaltos y harta muleta para amansar bureles de la variedad que monopoliza las afueras de las estaciones y los vagones.
A Selomo lo conocí en un periodo dulce de mi vida, se aseguraría a primera vista, y lo era y mucho, y a la vez amargo. Escribo una suerte de memorias, de ése tiempo apenas hablo, queda envuelto en una nostalgia para entonces vieja y profunda, y dejo a un lado lo más importante. Me refiero a Él y al Nuevo, como llamo a mis hijos, por cuya infancia cada vez más pregunto.
En las funciones callejeras, en este punto digo que no quiero entristecer ni complicar de golpe el relato. El éxito es rotundo, sobre todo entre el público femenino, quien sin darse cuenta inicia así el camino a mi beatificación. Sabiéndolo, acuso la joroba natural, enjuago los ojos y la facha quijotesca se completa y en justicia, pues molinos de viento son los de la marginación propia y ajena que bato.
Economía
Exilado contemplando la tierra natal por la ventana, sin falta acudía a la cita con la generosa noche a quien no importaba que la echaran a los perros para mejor guardar los cadáveres de la ciudad.
Acunándome en ella exhorcizaba los días de espantos con la máquina de escribir y aprendía luego el secreto compartido a todos por el más grande de nuestros personajes: el arte de borrar.